Inteligencia Emocional aplicada a la formación y desarrollo profesional.

EUTANASIA
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Creada el 21 de abril de 1998. Actualizada el 13-dic-04

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Los verdaderos enemigos del ser humano no son otros que los elementos que hacen de nuestra vida y muerte una experiencia insufrible.

En Sevilla, mi casa, existe una Hermandad de Penitencia, conocida popularmente como la de Los Estudiantes. La imagen del Señor Crucificado, que figura en el primer paso, obra de Juan de Mesa, se conoce como el Cristo de la Buena Muerte. Es tal vez el crucificado que encarna mejor que ningún otro una muerte serena y sosegada; Y esa Buena Muerte es perceptible sobre todo en su rostro, que al contemplarlo no refleja angustia ni aflicción, parece que está sumido en un feliz sueño.

Eutanasia ( del griego "eu", bien, bueno + "thánatos", muerte), la buena muerte, buena muerte o bien morir. ¿Quién no desearía tener garantías de poder vivir una buena muerte?. El debate sobre la regulación de la eutanasia está en la calle, la película de Amenabar lo espabiló. Como quiera que el paisaje de la ética está lleno de imprecisiones, ambigüedades y de interpretaciones subjetivas, que tiñen nuestra toma de decisiones, yo voy a entrar a participar, pero sin tratar ni esperar que el lector piense como yo. Aunque sé que no todo lo que se puede hacer o decir debe hacerse o decirse, lo que expongo a continuación es mi reflexión al respecto, basada en vivencias profesionales y en coherencia con las enseñanzas recibidas y adquiridas. Y advierto, por tanto, que el eje de esta reflexión se fundamenta en una particular forma de afrontar y entender el ejercicio de la medicina: en los momentos de indecisión, la brújula que me marca la dirección a seguir es defender el mejor interés del enfermo, a sabiendas de que es necesario dejar de considerar la medicina como algo que consiste en que la gente no se muera. Apostillo, es preciso que la gente sepa que nuestros conocimientos no son infinitos ni nuestra capacidad infalible.

Para no incurrir en desviaciones o equívocos, hay que partir de un hecho incontestable, a saber: que la muerte es un imperativo biológico integrado en la vida, a la manera de epílogo o episodio final, y que, por lo tanto, hay que preverla y aceptarla con responsabilidad, incluso, como decía Séneca, como la mejor invención de la vida. El derecho a una vida digna lo es, por ello, a una muerte digna, es decir, a un término natural y no artificial de la vida humana. El derecho a morir con dignidad supone vivir una buena muerte, supone morir "secundum natura", naturalmente y serenamente, sin sufrimientos inútiles o innecesarios, supone morir en paz y exigir que no se prolongue artificial e inútilmente la agonía.
Asistir a la buena muerte de un ser querido es un bien universal, social y particular que deja buen recuerdo y perdura en el tiempo. Y cuando los parientes más próximos, para quienes es más querido el enfermo que empieza a morir, nos entregan la gestión de esa fase final y, además, confían en que ésta produzca el menor dolor posible, hemos de actuar y empeñarnos en lograr dicho propósito. Esta "delegación" y encomienda busca la descarga y el alivio de los insufribles momentos finales de la vida de un ser querido. Busca una actuación capaz de lograr que el recuerdo de esos últimos momentos de existencia no les haga sentir tan hondo dolor como el que puede producir una inagotable agonía. Por eso, a mi entender, pienso que la actuación asistencial deberá reunir, entre otros, una exquisita combinación de consideraciones a la legalidad y el máximo respeto a la voluntad del muriente, a su dignidad y a la consecución del "alivio" emocional de los parientes cercanos, sin olvidar en ningún momento que el último acto de la vida (como todos los demás) debe protagonizarlo la propia persona, cuyas prioridades, valores y proyecto de vida deben respetarse.

El enfermo desahuciado tiene vida, pero no la disfruta, sólo la padece. En mi opinión e intención está la idea de que nadie debe morir con sufrimiento y nadie debe morir solo. Nunca debería faltar el calor de una mano amiga, pero a menudo nos encontramos con personas enfermas en su etapa final de la vida, sin esperanza de salvación, desahuciadas, en situación terminal, con múltiples síntomas no controlados, conflictos internos, miedos e intenso sufrimiento cuya muerte se prevé muy próxima. ¿Cómo se espera que sea nuestra actuación? Sin duda, ha de ser participativa, pero como siempre, antes de realizar un acto médico, hay que saber por qué se hace, para qué se hace y cómo se hace, y cuando no hay nada que hacer lo que debemos hacer es recordar lo que significa la palabra eutanasia, ser capaces de conseguir aliviar el sufrimiento y que la última etapa del viaje suceda de forma humanizada. Existen estrategias de afrontamiento para evitar ese estrés existencial. Existe un consenso ético en el tratamiento estándar del dolor en el moribundo -cuando se trata de pacientes que ya no van a despertar-, pues no existen barreras legales para tratar el dolor, aunque su alivio inadecuado pueda ser calificado como negligencia médica. Nuestro objetivo es, o debe ser, encontrar el límite del esfuerzo terapéutico y evitar así el ensañamiento y futilidad terapéuticos. Y puede ser obligación moral esta actitud cuando, con la aplicación de medios extraordinarios o desproporcionados sólo se consigue lo que la medicina llama "encarnizamiento terapéutico", que instrumentaliza al ser humano cuya dignidad es preciso "proteger en el momento de la muerte... contra un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo".

Para algunos profesionales no está clara la distinción entre tratamiento eficaz del dolor, sedación terminal por síntomas refractarios, eutanasia activa voluntaria, eutanasia pasiva, -referida a la práctica de suspender tratamientos de soporte vital, como la nutrición artificial o los respiradores cuando son fútiles-, y eutanasia indirecta. Las prácticas mal denominadas "eutanásicas" forman parte de la praxis médica, pero...........yo sólo sé reconocer la palabra eutanasia como lo que significa, y empleo el vocablo sin adjetivos, sin complejos y sin adulterar su verdadero significado, que es el que da nombre a la imagen del Señor Crucificado de la Hermandad de los Estudiantes, el Cristo de la Buena Muerte.


Sevilla, otoño de 2004




Manuel Sotillo Hidalgo

 

© Ricardo Sotillo, 2000.
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