Los
verdaderos enemigos del ser humano no son otros que los elementos
que hacen de nuestra vida y muerte una experiencia insufrible.
En Sevilla,
mi casa, existe una Hermandad de Penitencia, conocida popularmente
como la de Los Estudiantes. La imagen del Señor Crucificado,
que figura en el primer paso, obra de Juan de Mesa, se conoce como
el Cristo de la Buena Muerte. Es tal vez el crucificado que encarna
mejor que ningún otro una muerte serena y sosegada; Y esa Buena
Muerte es perceptible sobre todo en su rostro, que al contemplarlo
no refleja angustia ni aflicción, parece que está sumido
en un feliz sueño.
Eutanasia
( del griego "eu", bien, bueno + "thánatos",
muerte), la buena muerte, buena muerte o bien morir. ¿Quién
no desearía tener garantías de poder vivir una buena
muerte?. El debate sobre la regulación de la eutanasia está
en la calle, la película de Amenabar lo espabiló. Como
quiera que el paisaje de la ética está lleno de imprecisiones,
ambigüedades y de interpretaciones subjetivas, que tiñen
nuestra toma de decisiones, yo voy a entrar a participar, pero sin
tratar ni esperar que el lector piense como yo. Aunque sé que
no todo lo que se puede hacer o decir debe hacerse o decirse, lo que
expongo a continuación es mi reflexión al respecto,
basada en vivencias profesionales y en coherencia con las enseñanzas
recibidas y adquiridas. Y advierto, por tanto, que el eje de esta
reflexión se fundamenta en una particular forma de afrontar
y entender el ejercicio de la medicina: en los momentos de indecisión,
la brújula que me marca la dirección a seguir es defender
el mejor interés del enfermo, a sabiendas de que es necesario
dejar de considerar la medicina como algo que consiste en que la gente
no se muera. Apostillo, es preciso que la gente sepa que nuestros
conocimientos no son infinitos ni nuestra capacidad infalible.
Para
no incurrir en desviaciones o equívocos, hay que partir de
un hecho incontestable, a saber: que la muerte es un imperativo biológico
integrado en la vida, a la manera de epílogo o episodio final,
y que, por lo tanto, hay que preverla y aceptarla con responsabilidad,
incluso, como decía Séneca, como la mejor invención
de la vida. El derecho a una vida digna lo es, por ello, a una muerte
digna, es decir, a un término natural y no artificial de la
vida humana. El derecho a morir con dignidad supone vivir una buena
muerte, supone morir "secundum natura", naturalmente y serenamente,
sin sufrimientos inútiles o innecesarios, supone morir en paz
y exigir que no se prolongue artificial e inútilmente la agonía.
Asistir a la buena muerte de un ser querido es un bien universal,
social y particular que deja buen recuerdo y perdura en el tiempo.
Y cuando los parientes más próximos, para quienes es
más querido el enfermo que empieza a morir, nos entregan la
gestión de esa fase final y, además, confían
en que ésta produzca el menor dolor posible, hemos de actuar
y empeñarnos en lograr dicho propósito. Esta "delegación"
y encomienda busca la descarga y el alivio de los insufribles momentos
finales de la vida de un ser querido. Busca una actuación capaz
de lograr que el recuerdo de esos últimos momentos de existencia
no les haga sentir tan hondo dolor como el que puede producir una
inagotable agonía. Por eso, a mi entender, pienso que la actuación
asistencial deberá reunir, entre otros, una exquisita combinación
de consideraciones a la legalidad y el máximo respeto a la
voluntad del muriente, a su dignidad y a la consecución del
"alivio" emocional de los parientes cercanos, sin olvidar
en ningún momento que el último acto de la vida (como
todos los demás) debe protagonizarlo la propia persona, cuyas
prioridades, valores y proyecto de vida deben respetarse.
El enfermo
desahuciado tiene vida, pero no la disfruta, sólo la padece.
En mi opinión e intención está la idea de que
nadie debe morir con sufrimiento y nadie debe morir solo. Nunca debería
faltar el calor de una mano amiga, pero a menudo nos encontramos con
personas enfermas en su etapa final de la vida, sin esperanza de salvación,
desahuciadas, en situación terminal, con múltiples síntomas
no controlados, conflictos internos, miedos e intenso sufrimiento
cuya muerte se prevé muy próxima. ¿Cómo
se espera que sea nuestra actuación? Sin duda, ha de ser participativa,
pero como siempre, antes de realizar un acto médico, hay que
saber por qué se hace, para qué se hace y cómo
se hace, y cuando no hay nada que hacer lo que debemos hacer es recordar
lo que significa la palabra eutanasia, ser capaces de conseguir aliviar
el sufrimiento y que la última etapa del viaje suceda de forma
humanizada. Existen estrategias de afrontamiento para evitar ese estrés
existencial. Existe un consenso ético en el tratamiento estándar
del dolor en el moribundo -cuando se trata de pacientes que ya no
van a despertar-, pues no existen barreras legales para tratar el
dolor, aunque su alivio inadecuado pueda ser calificado como negligencia
médica. Nuestro objetivo es, o debe ser, encontrar el límite
del esfuerzo terapéutico y evitar así el ensañamiento
y futilidad terapéuticos. Y puede ser obligación moral
esta actitud cuando, con la aplicación de medios extraordinarios
o desproporcionados sólo se consigue lo que la medicina llama
"encarnizamiento terapéutico", que instrumentaliza
al ser humano cuya dignidad es preciso "proteger en el momento
de la muerte... contra un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo".
Para
algunos profesionales no está clara la distinción entre
tratamiento eficaz del dolor, sedación terminal por síntomas
refractarios, eutanasia activa voluntaria, eutanasia pasiva, -referida
a la práctica de suspender tratamientos de soporte vital, como
la nutrición artificial o los respiradores cuando son fútiles-,
y eutanasia indirecta. Las prácticas mal denominadas "eutanásicas"
forman parte de la praxis médica, pero...........yo sólo
sé reconocer la palabra eutanasia como lo que significa, y
empleo el vocablo sin adjetivos, sin complejos y sin adulterar su
verdadero significado, que es el que da nombre a la imagen del Señor
Crucificado de la Hermandad de los Estudiantes, el Cristo de la Buena
Muerte.
Sevilla, otoño de 2004
Manuel
Sotillo Hidalgo