Liderazgo,
emociones, bipolarización, e himenópteros en el jardín
Por la eficacia de las empresas, y también para nutrir los
presupuestos de las áreas de Recursos Humanos y la prosperidad
de consultoras y escuelas de negocios, el management ha generado continuamente
grandes mantras, entre los que cabe destacar el liderazgo, a menudo
unido al cambio. Si sonó la calidad o la dirección por
objetivos, no lo ha hecho mucho menos el liderazgo. Como es sabido,
esta forma inteligente de dirigir personas ya se postulaba en la primera
mitad del siglo XX, pero se empezó a hablar más de liderazgo
a finales de los años 80 o principios de los 90, cuando las
grandes empresas parecían proponerse el desarrollo de futuros
líderes. Sin duda, éste era un postulado necesario,
más quizá a partir de la Teoría Y de McGregor
y de aportaciones alineadas, como las de su discípulo Bennis
en los años 80, o la anterior y memorable de James MacGregor
Burns; pero el hecho es que el liderazgo sigue admitiendo diferentes
significados, y que los seminarios orquestados no parecen haber contribuido
mucho a su desarrollo en los directivos. Quizá sea oportuno
compartir ahora, ya en 2004, algunas reflexiones, tras casi veinte
años sonando el buzzword en nuestro país.
No estando
todos de acuerdo en el significado del liderazgo dentro de la empresa,
no sé si al principio se consideraba que el mismo era extragenético
porque convenía más, por si acaso, o por convicción.
Tal vez lo que se buscaba era un tipo de liderazgo que pudiera desarrollarse
como se había estado desarrollando en los años 80 a
los "jóvenes titulados con alto potencial"; o quizá
un tipo de liderazgo que no dejara dudas sobre la condición
de líderes de los altos ejecutivos de las empresas. Me puede
faltar información, pero creo que los participantes en estos
programas de desarrollo de directivos se elegían en los 90
con criterios muy similares a los utilizados en los 80, y que algunos
directores se decantaban por sus clónicos. Yo diría
que las primeras ideas del liderazgo en la empresa parecían
apuntar más a lo cognitivo que a lo emocional, a los pensamientos
que a los sentimientos, a pesar de la literatura existente: sólo
al final de los 90 oí relacionar abiertamente el liderazgo
con las emociones y la inteligencia emocional, y fue precisamente
en una jornada organizada por la Asociación para el Progreso
de la Dirección.
Lo dice
Peter Senge: "Líder suele ser sinónimo de alto
directivo". Mucho más si el alto directivo lleva a cabo
un gran proceso de cambio. Recuerden o adivinen ahora quién
dice: "El liderazgo es visión. No hay nada más
que decir". Semejante autoridad corresponde, en efecto, a Peter
Drucker, que llama siempre pan al pan y vino al vino, sin tapujos.
Bueno, poniendo algunas palabras más, se diría que el
liderazgo es tener una visión de futuro y querer hacerla realidad;
de modo que, como también sostiene Senge, la visión
y la realidad delimitan el territorio en que se mueven los líderes.
Pero, aunque, en el lenguaje cotidiano, sólo se reconozca abiertamente
el liderazgo de altos ejecutivos, se venía coincidiendo en
la necesidad de líderes intermedios; éstos parecían
necesitar a aquél, y aquél a éstos, para aproximarse
a la visión. Ustedes ya conocen todo esto, pero hemos de sintonizarnos.
SÍ:
todo lo que se diga depende de lo que se entienda por liderazgo; salvo
que se le considere una posición, y entonces habría
que hablar quizá de liderato. Puede que en los líderes
haya una parte del liderazgo innata (la más visible) y otra
desarrollable (la menos visible, pero no menos importante), pero avanzaremos
en el concepto por el camino o caminos que se nos vayan abriendo.
Pido unos minutos y algo de confianza al lector interesado, para reflexionar
juntos sobre el ayer y el hoy, y aun el mañana, del liderazgo
en la empresa. Ya sé que pueden hacerlo ustedes mismos sin
este pretencioso observador y articulista, pero déjenme servirles
de sparring por un rato. Esto mismo, la provocación mutua,
practicábamos un querido colega y yo, en los primeros años
90. Puede que mi perspectiva se les quede corta, pero confío,
al menos, en que sirva (sea útil) a la suya.
Empezando
a dar pasos visibles, admitamos que, en el mundo de los recursos humanos,
el liderazgo se ha venido interpretando como:
"
Posición a la cabeza de la empresa, de un departamento, etc.
" Tarea del primer ejecutivo, típicamente en un proceso
de cambio.
" Sistema o método de dirigir personas.
" Función de los directivos, complementaria a la de la
gestión.
" Familia de habilidades interpersonales de los mejores directivos.
" Habilidad específica de guiar y energizar a los demás
tras metas comunes.
" Posición virtual del líder, reconocida por sus
seguidores.
" Actitud entusiasta, contagiosa e integradora tras un logro
colectivo.
El lector
enriquecerá la lista, pero, semiconvenidas estas ideas y dejando
de momento lo de si el líder nace o se hace, yo sometería
ya a consideración la condición sistémica del
liderazgo interpersonal (el de las seis últimas interpretaciones):
"uno no es líder si no tiene seguidores que como tal le
vean". Dicho así puede parecer brusco, pero también
una perogrullada, sin descartar disensiones. Ya ven, intentando definir
el leadership, surge la necesidad de definir el followership. Son,
si se acepta, los seguidores quienes hacen tales a los líderes,
pero cabe referirse a unos seguidores convencidos y energizados, y
no a unos seguidores vencidos o interesados. La cosa se complica si
recordamos aquello de que, "más que cultivar o favorecer
el seguidismo, los líderes han de desarrollar el liderazgo
entre sus seguidores". Esto parecía llevarnos al colectivo
de los directivos intermedios; éstos habrían de ser,
a la vez, líderes y seguidores... O tal vez, creo yo, nos apunte
a todos, incluidos los propios individuos de a pie..., para que nos
autolideremos tras las metas corporativas.
Pero
lo anterior -la concepción sistémica que, como de la
creatividad, hacemos del mismo- choca con el liderazgo de contundentes
cambios experimentados en grandes empresas, a veces acompañados
de muy severas reducciones de plantilla. Yo viví un cambio
que me parece inspirado en John S. Rydz, siendo empleado de Alcatel
España; aunque la forma de recortarla fue casi ejemplar, no
resultaba fácil conseguir que los trabajadores compartieran
la visión de una plantilla reducida a la quinta o sexta parte
(ni que contemplaran satisfechos la anoréxica pérdida
de peso de la compañía en el sector). Quizá,
más útil que avanzar por el concepto de liderazgo, lo
sea hacerlo por el perfil del líder; pero déjenme decirles
que lo de "líder" a mí también me recordó
siempre su pastoril anagrama (redil).
Sonará
irreverente, pero, aun aceptando su eficacia y estando algo distante
mi punto de observación, yo percibía a nuestro presidente,
Miguel Ángel Canalejo, como líder solitario, mayestático,
sin emociones visibles... (se lo dije a él), es decir, algo
alejado de mi concepto, quizá erróneo pero espontáneo,
de líder. De modo que, apostando yo por la condición
sistémica, interpersonal y emocional (emociones positivas)
del liderazgo, cuento, sin embargo, con que algún lector lo
vea de otra manera. De hecho, ya en 2004, con cierta distancia de
la gran urbe y la gran empresa, y trasladado mi escritorio a El Viso
de San Juan (Toledo), empiezo a profundizar en el liderazgo intrapersonal:
como saben, una especie de autoliderazgo, alineado con el dominio
personal que, tras un propósito movilizador y negentropizante,
postularan Fritz, Senge y otros muchos expertos, incluyendo a Robert
K. Cooper, Mihaly Csikszentmihalyi o Martin Seligman. Ya se ve que
por aquí enlazaríamos con la calidad de vida en el trabajo,
en virtuoso círculo con la eficacia del directivo (y contra
el vicioso de la entropía, la tensión, la fatiga psíquica
y el bajo rendimiento); pero sigamos con el liderazgo.
Recuerdos sobre líderes y seguidores
Hay otras
posibles expresiones de la relación: por ejemplo, the leaders
and the leds; pero, prefiriendo el liderazgo "push" sobre
el "pull", uno se suma a lo de leaders y followers. Obviamente,
al hablar de relaciones concretas entre directivos y colaboradores,
hay bastante más que liderazgo y seguimiento: hay, desde luego,
transacciones de índole diversa. Observador limitado, les hablaba
yo de la existencia en las empresas de un liderazgo sin seguidores,
y de otro con ellos. En la práctica, quizá habría
que hablar mejor de un liderazgo de muchos cambios con pocos seguidores
(de entre los que no se ven en riesgo), y de otro liderazgo de cambios
menores, no tan quirúrgicos, con más seguidores (de
entre los que esperan participar del éxito perseguido). ¿Qué
echan de menos? Yo también querría añadir que
el líder ha de ser bien consciente de que la organización
es un sistema... vivo.
A principios
de los 90, oía yo cómo algunos directivos repetían:
"El presidente ha dicho...", "Como dice el presidente...",
"Esto es lo que quiere nuestro presidente". A mí
esto me parecía algo sospechoso, aunque no tuviera mayor importancia.
Veía yo a estos directivos como seguidores y no como líderes
(con cierta ironía, mi querido colega y yo sosteníamos,
por cierto y en privado, que "el líder es un señor
que dice cosas"). En definitiva, me queda la imagen, quizá
poco rigurosa, de un incierto, dudoso, frágil liderazgo intermedio;
pero ya he dicho que lo que de lejos viví era, ejercido por
el presidente, el liderazgo de un gran cambio que suponía un
vuelco en el tamaño y perfil de la antigua Standard Eléctrica
(luego Alcatel España).
Todavía
pensando en directivos intermedios, recuerdo que, con el título
"Líderes y seguidores", la revista de la Asociación
Española de Directores de Personal (AEDIPE) me publicó,
en su primer número del siglo XXI, un artículo que desde
FYCSA les envié. Así definía yo al jefe-líder
en aquel momento:
"Si afinamos en el perfil del buen líder, encontramos
individuos competentes e íntegros, de ejemplar comportamiento,
que se conocen bien a sí mismos, auténticos, intuitivos,
capaces de aprender continuamente, buenos dominadores de sus emociones,
orientados a la consecución de resultados, empáticos,
optimistas, con sentido del humor, eficientes, conscientes del valor
y potencial de sus colaboradores, receptivos ante ellos, creadores
de equipos de buen rendimiento, con ideas claras que expresan bien,
perseverantes, seguros de sí mismos, comprometidos, con buena
capacidad de análisis y síntesis, con una concepción
sistémica de la empresa, interesados en el desarrollo de sus
colaboradores, capaces de obtener lo mejor de ellos, dispuestos a
ayudarlos en sus dificultades
Para estos individuos no es difícil
encontrar otros que les sigan".
En realidad, lo que yo describía entonces era mi particular
visión del jefe ideal (al que nunca conocí, quizá
porque yo mismo tampoco era el colaborador ideal), y lo cuento porque
creo que había habido mucho de esto -de esta fusión,
si no confusión, del liderazgo intermedio con la jefatura ideal-
en el panorama finisecular. Sin saber bien qué debía
entenderse por liderazgo, creo que todos (me refiero a los colegas
consultores) tendíamos a dibujar al mejor jefe posible, salvo
que tuviéramos instrucciones más concretas, o fijación
por algún modelo. No es que no hubiera teoría sobre
el liderazgo: quizá había demasiada y variada, y no
profundizábamos suficientemente en ella. Puedo estar equivocado,
pero sigamos con la mirada retrospectiva.
Más retrospección
Cuando
empezó a sonar el buzzword, había ya ciertamente mucho
escrito sobre el liderazgo, aunque apenas hubiéramos leído
a Kotter, o simplemente nos hubiéramos familiarizado con el
situacionalismo de Hersey y Blanchard. Esta vez no me remontaré
a Mary Parker Follett, pero sí les comentaré un descubrimiento
serendipitoso en Internet. En un documento de las Fuerzas Armadas
fechado en Washington el 15 de septiembre de 1953 (por entonces, Hillary
ya había vuelto del Everest, Bahamontes no se había
coronado todavía "rey de la montaña" en Francia,
y en nuestro país Franco inauguraba muchos pantanos e imponía
la birreta a nuevos cardenales)..., pues eso, en un documento con
esta fecha y referido a la evolución del papel de los ejecutivos,
se decía que los tiempos estaban cambiando en las empresas,
y se atribuía a Clarence Francis, chairman de General Foods,
la siguiente frase: "Hace 40 años -decía entonces-
prevalecía la idea de que lo que era bueno para el negocio
era bueno para las personas, pero lo que ahora prevalece -recuérdese
que el documento es de 1953- es la idea de que lo que es bueno para
las personas es bueno para el negocio". Francis, que luego fue
asesor del presidente Eisenhower, tiene otra frase que conviene recordar:
"Uno puede comprar el tiempo de las personas, su presencia física
en un lugar e incluso un número determinado de movimientos
musculares por hora. Pero no se compra su entusiasmo, ni se compra
su lealtad, ni se compra la devoción de sus corazones: eso
hay que ganárselo".
He traído
el párrafo anterior porque quizá, aparte de lo de los
cambios, el liderazgo apareció en la escena empresarial en
los años 80 ó 90, para ganarse el gran capital de emociones
positivas de las personas. Podría traer muchas declaraciones
a favor de la sonrisa (frente a la gravedad o circunspección)
y de las emociones positivas (frente a las negativas) en la empresa,
pero me remito al reciente Expomanagement´2004 de Madrid, donde
pude comprobar que se sigue predicando (Covey, Peters, Maguire, Teerlink,
Rovira...) la activación emocional como fórmula de éxito:
debe ser todavía una asignatura pendiente en muchos sitios...
No se trata, ni mucho menos, de postular un liderazgo populista, ni
de que todos vayamos exultantes por los pasillos, sino de que sepamos
adónde vamos, y que el futuro formulado atraiga a nuestra cabeza,
algo más abajo a nuestro corazón, y quizá, todavía
algo más (abajo), a nuestro coraje o empeño.
También
escuché (en el Expomanagement´2004 de Madrid), por cierto,
a Tom Peters decir que los altos ejecutivos suelen hablar mucho de
la importancia de las personas, y que casi siempre mienten; quizá
no resulte tan exagerado después de todo... Me decía
un amigo: "Lo que peor llevo es que me tomen por tonto"
(bueno, en lugar de tonto, decía otra cosa), y me contaba que
había asistido al intento de un directivo de dar vuelta a los
resultados de una encuesta de satisfacción de las personas,
para acabar eximiendo de responsabilidad a la dirección de
su empresa, y haciendo a los trabajadores responsables de su propia
insatisfacción; y me contaba que poco después aquel
directivo era ascendido a director general. A mí no me encaja
la idea de un líder que dirigiera su cinismo a sus propios
seguidores: ¿y a ustedes? Sí: depende de lo que se entienda
por líder.
Quizá
los directivos de primer nivel -los más próximos a los
trabajadores de a pie- sí den más significado al concepto
de persona, y sean más coherentes con esta realidad (salvo
que lo que tengan en la cabeza sea un deseo desordenado de poder).
¿Lo ven así? Ya sé: el considerar personas a
los demás, y respetar su dignidad, no depende del nivel jerárquico,
sino del propio individuo. Pero sí: quizá sea en este
colectivo donde debe residir el liderazgo interpersonal que parece
postularse en la dirección de personas, y, desde luego, a este
colectivo suelen dirigirse los seminarios correspondientes. Respecto
al alto colectivo, me viene a la cabeza que, quizá, los altos
ejecutivos viven a cierta distancia de sí mismos, entre otros
comentarios posibles.
Ya habían
surgido interesantes libros sobre el liderazgo al principio de los
90, y aun antes, y tenemos que recordar a James MacGregor Burns, y
citar, por ejemplo, a Greenleaf, cuyas ideas del liderazgo de servicio
han tenido que esperar para ser mejor admitidas. En los 90 disponíamos
ya de diversas concepciones, como las que formulan Bennis y Nanus
en Leaders, Kotter in Leading Change, Kouzes y Posner en The Leadership
Challenge, Rost en Leadership for the Twenty-first Century, Cooper
y Sawaf en Executive EQ o Goleman en Working with Emotional Intelligence.
Todas contribuyen a subrayar el aspecto interpersonal-emocional del
mismo.
Naturalmente,
en estos libros citados no están todas las claves de cómo
desarrollar el liderazgo en los directivos, aunque, eso sí,
alguno apunta sus dudas sobre las posibilidades de un método
en alza (o que parecía estar en alza): el e-learning. Algunas
grandes empresas ofrecen, en sus plataformas de e-learning, cursos
on line de liderazgo, de apenas un par de horas de duración,
aunque barrunto que esas mismas empresas envían a algunos de
sus directivos a másteres de liderazgo en escuelas de prestigio.
Pero no quería hablarles del desarrollo del liderazgo, sino
del liderazgo mismo, tal como el concepto parecía interpretarse
en la empresa.
Los cambios
El lector
se quedará pensando que hay distintos cambios dentro de lo
que se denomina "el cambio". Considerando que un cambio
necesita un líder, podemos detenernos algo más en ellos.
Yo supe, en los 90, de grandes programas de cambio: Programa Nova,
Programa Líder, Programa Cenit...; pero, con etiqueta o sin
ella, leyendo Capital Humano y otras revistas, teníamos noticia
entonces de grandes movimientos en las empresas: trabajo en equipo
para la mejora, proclamación de valores, reingeniería
de procesos, orientación al cliente, etc. (Recuerdo, si valen
también anécdotas, que, en Alcatel, pronunciábamos
todos "cénit", en paroxítono, sin rechistar:
así se habría pronunciado cuando se bautizó el
Programa Cenit, y, aunque lo comenté en mi entorno, no iba
yo a enmendar la plana a la Alta Dirección. Ahoya ya, la Academia
admite esta pronunciación, pero entonces no). No sé
si estos cambios eran jánicos o tenían mil caras, pero
creo que la cara más visible (por la liturgia) era la "cultural",
de acuerdo con el progresivo peso del lado humano del management frente
al lado científico que, hace casi un siglo, impulsaran, sobre
todo, Taylor y los Gilbreth, y que seguía igualmente avanzando
(benchmarking, reingenierías, etc.).
Parecería
que también sobra este vano alarde de pobre erudición
referida al management científico, pero es que, con tanta liturgia
visible, tanto ruido de las nueces, llegué a pensar que, en
las grandes empresas, los cambios culturales se orquestaban para desviar
la atención de las reingenierías en marcha, y de los
consiguientes y sucesivos recortes de plantilla. Obviamente, no se
trataba sólo de un cambio cultural: se trataba de varios cambios
a la vez; uno de ellos era típicamente el asociado con el avance
tecnológico, pero podía haber bastante más, y
bastante relacionado con la competitividad, la globalización...
De modo que los cambios tenían -y tienen- su lado hard y su
lado soft, y sobra decirlo. E insistiría yo también
en que los cambios se iban produciendo en los 90, dentro de las organizaciones,
con desigual impacto en las personas, o sea, con emociones positivas
y, quizá en mayor proporción, con negativas.
Nadie
es perfecto, de modo que si un CEO tenía bien claro adónde
había que llegar, y ése era un buen destino, quizá
ya era mucho pedirle que también encendiera a todos los trabajadores
tras las metas formuladas. Lo malo habría sido -y quizá
fuera así en algún caso- que las personas hubieran ido
resignadas, escépticas, atemorizadas, confusas, deprimidas,
a un destino fatal, si no a la muerte súbita; pero lo mejor
y más deseable es que el líder nos lleve, preparados
y proactivos, convencidos y contribuyentes, a un destino de prosperidad
y satisfacción. En este último caso, hablaríamos
propiamente de líderes (o sea, cuando hay positiva activación
emocional de los seguidores). Como también cabría hablar
de líderes aunque no hubiera que introducir grandes cambios,
y se tratara sólo de alcanzar nuevas metas más atractivas
y energizantes. Me preocupa de nuevo la aquiescencia del lector.
La bipolarización y los himenópteros
¿Hacia
dónde camina la doctrina del liderazgo? Tendremos que seguir
hablando en otros artículos, si el lector consiente y no ve
en ello una amenaza, porque hay muchas ramas en este árbol...
que se enredan en árboles vecinos. Lean -yo lo seguiré
haciendo- buenos libros, pero reflexionen sobre lo que observan a
su alrededor. Se puede reflexionar en solitario, y quizá mejor
"en solidario" con personas de su entorno, recordando lentificar
las inferencias y equilibrar la alegación y la indagación.
En no pocas empresas, digamos mejor "en no pocos negocios",
falta autenticidad, vocación y autotelia profesional, de modo
que las teorías son inmediato objeto de adaptación a
intereses, y pierden pureza; seamos, por lo menos, conscientes de
ello.
Nos falta
conciencia de muchas cosas en el mundo empresarial; conciencia de
nosotros mismos y de la realidad externa. Les resultará digresivo
(o algo peor) este párrafo, pero uno puede tener un director
narcisista, y no darse cuenta; uno mismo puede ser un psicópata
organizacional, o un back stabber, o, más común y menos
gravemente, un downer, o un lazybone, o un perro del hortelano (dog
in the manger), y no (querer) darse cuenta.
Con toda
la importancia de su aportación a las empresas, y aquí
quería yo llegar, el liderazgo venía a separar a las
personas en dos grupos -líderes y seguidores-, de modo que
uno se sentía, en realidad, líder (quizá en espera
de su turno de gloria) o eterno seguidor. En realidad, la bipolarización
ya existía antes, pero sí: el liderazgo, tal como se
entendió, vino quizá a nutrirla en vez de a neutralizarla,
siempre en mi cuestionable opinión. Recordemos que, en grandes
empresas, había al menos dos programas de formación
en soft skills: uno para titulados "con" potencial y otro
para titulados "sin" (aunque se ponía cuidado en
llamar a este último de otra manera), sin saber muy bien en
qué consistía el potencial. En definitiva pero siempre
con margen de error, el liderazgo vino a subrayar una bipolarización
que iba contra corriente. No digo que no deba haber distancia entre
las personas, pero aquí prefiero el centripetado al centrifugado
(siempre a prudente velocidad).
Uno se
sentía, en suma, dentro o fuera de la elite paroxítona.
Siendo incuestionable el papel de los jefes directos (cubriendo tal
vez un espacio de nadie) y, más aún, el de las personas
(knowledge workers o simplemente workers), no parecía que hubiera
sitio y brillo en cada colectividad para más de un líder
declarado, y su coro de igualmente nimbados ejecutivos: déjenme
exagerar un poco, que me gusta. Me cuesta imaginar que un directivo
de nivel medio-bajo fuera visto como líder, restando luminosidad
al equipo de sumos pontífices de las liturgias empresariales:
no lo permitirían. Incluso y salvo excepciones, cuando uno
de estos pontífices se acercaba a los trabajadores, parecía
un gesto estudiado de aproximación, como cuando un político
en campaña coge a niños en brazos. Someto, en fin, a
la consideración del lector que el liderazgo haya contribuido
a la elitización, lo que, en la práctica, significaría
haber contribuido a la distancia emocional de los supuestos seguidores
(por no hablar de los seguidores que se hayan sentido estafados).
Más
que terminar, empezaría a cantar las alabanzas del liderazgo
intrapersonal, que ya habrán experimentado, y del que tendrán
su propia opinión. Lo mejor -parecen defender algunos expertos-
es que llevemos al líder dentro de nosotros, y formemos una
comunidad de vectores alineados, aunque haya alguien que construya
el sistema y asegure la dirección. Parecía que sobraba
lo de hablar de mi escritorio en El Viso de San Juan (Toledo), pero
es que aquí he observado a las hormigas: creo que se autolideran
muy eficazmente. Dudo que alguna organización funcione tan
perfectamente. No sé si se trata de pequeños seres individuales,
o de un ser colectivo dividido en pequeños trocitos... Cada
hormiga parece perfectamente consciente de su contribución
a la colectividad, y no se aprecian desviaciones. Su laboriosidad
y eficacia me parecen envidiables. No sé si se reirán
ustedes de mí, pero creo que aquí está el ejemplo
que buscábamos. No digo que el sistema no sea perfectible,
pero el nuestro es claramente defectuoso.
Creo
que esto, el funcionamiento en comunidad, es lo mejor para las empresas,
aunque no sea lo mejor para los beneficiados por el statu quo. De
modo que, hablando de cambios, visiones, valores y emociones, y para
provocar reacciones, me sumo a los que consideren que puede haber
un líder íntegro y genuino (sin autonimbarse por ello),
que, abierto a la participación y rodeado de los apoyos necesarios,
sea, a la vez, arquitecto/ingeniero de la organización y sociólogo/psicólogo
de la misma, y que impulse el autoliderazgo de todos los miembros
de la organización tras atractivas metas comunes y compartidas.
Nada nuevo, pero todavía pendiente en muchos casos. Debería
detectarse y analizarse colectivamente, cuando alguien, trabajador
o directivo, desviara visiblemente su vector. ¿Revolucionario?
Confiemos en que no haya que esperar millones de años para
que las organizaciones funcionen visiblemente mejor...
En este
posible panorama neosecular, cabría profundizar en el papel
catalizador de los directivos intermedios, pero de este papel y del
propio liderazgo intrapersonal o autoliderazgo (con su dosis de madurez,
autoconocimiento, purpose, courage, reflexión, amplitud de
miras, buen juicio, espíritu de comunidad, compromiso, conciencia
política, optimismo, negentropía, etc.) podemos hablar
en otros artículos, si, como deseo, el lector consiente. De
momento, les agradezco que hayan compartido conmigo estas 4.000 palabras.
José Enebral Fernández
Consultor de Self Management
jenebral1@mi.madritel.es