Inteligencia Emocional aplicada a la formación y desarrollo profesional.

¿Coordinarnos? ¿Para qué?
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Creada el 21 de abril de 1998. Actualizada el 5-may-04

Inteligencia Emocional aplicada a la formación y desarrollo profesional.

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¿Coordinarnos? ¿Para qué?

¿Se han parado a pensar alguna vez en cuántas noticias se publican sobre desastres e incidentes de diversa naturaleza, cuya causa es la falta de coordinación entre profesionales, departamentos o instituciones? En la cultura empresarial latina, los individuos, tradicionalmente, enfocan su puesto como les da la gana, porque lo consideran suyo y hacen con él lo que quieren.

El individualismo es, sin duda, uno de nuestros mayores quebraderos de cabeza, por las funestas consecuencias que acarrea, pero la pasión creadora, es, por el contrario, una de nuestras mejores bazas. En efecto, contamos con un talento especial para intuir las cosas y para apasionarnos sin mesura por los asuntos que verdaderamente nos interesan. El resultado de esta explosiva combinación, desde la perspectiva de los sistemas sociales, es el estancamiento organizativo, que se perpetúa generación tras generación, sin apenas cambios. Como la creatividad nace aleatoriamente en los individuos aislados, sin coordinación con otros, es muy difícil que los grupos de la organización puedan desarrollar y aplicar la gran cantidad de innovaciones e ideas brillantes que surgen aisladamente, ya que no se viven como algo común, al no haberse participado en su génesis.

Es un hecho sobradamente probado que la mayor parte del tiempo en nuestro trabajo, actuamos de forma personalista y poco grupal, porque nos falta algo. Pero lo peor es cuando nos pica la avispa de la envidia. Entonces se nos mete en el cuerpo el veneno de la arrogancia torera y decidimos hacer las cosas mal, simplemente para dar salida a nuestra mala leche celtibérica. Hacemos la faena mirando a los del tendido, tiramos a la arena los trastos con mucha dignidad, y rematamos diciendo: "¡Ahí queda eso, y el que venga detrás que arree!" Después pasamos a otra cosa.

Tanto en los espacios públicos, como en el mobiliario urbano de nuestros pueblos y ciudades, podemos observar este fenómeno a diario. A los pocos meses de la inauguración de un flamante jardín este aparece destrozado, o sin columpios ni juegos infantiles. Como en las culturas hispanas lo común no es de nadie, cualquiera puede mear impunemente en la primera esquina que encuentre, o destrozar el banco de un parque sin que le pase nada, y sin que nadie le reproche su comportamiento salvaje y antisocial. No ocurre lo mismo en nuestra casa, ya que lo que consideramos propio lo cuidamos con exquisita delicadeza. Pero como carecemos de mecanismos que nos hagan valorar la utilidad de los bienes colectivos, no terminamos de aprender nunca la importancia que tienen las realizaciones colectivas y los espacios de uso común. En lugar de ello, cultivamos un individualismo egoísta y miope, que en muchos casos es la antesala de la miseria espiritual.

¿Por qué en Suiza o en Alemania, por citar sólo dos países cívicos, a nadie se le ocurre tirar papeles en la calle, con la consiguiente limpieza de zonas públicas que esto conlleva? Nosotros como no respetamos lo público, porque no lo consideramos nuestro, no necesitamos coordinar nuestros esfuerzos de conservación, limpieza y mantenimiento para que las calles estén bonitas, porque no es asunto nuestro lo que pase con ellas.

Es posible que, si alguna vez nos pusiéramos a trabajar en serio en esta mejora colectiva, consiguiéramos ser los mejores, pero hoy por hoy no somos más que un conjunto de sociedades a medio integrar, en las que pululan a sus anchas sujetos individualistas y asociales, completamente desentendidos de la realidad comunitaria que les rodea.

Algo similar sucede en las organizaciones laborales. Nos ocupamos de nuestra nómina mensual, de nuestra actividad y de nuestra promoción en relación con los compañeros. Y sólo, muy de vez en cuando, echamos un ojo a otras cosas de nuestro alrededor. Tenemos tan arraigadas estas formas de pensar, que las expresamos de diversas maneras en el lenguaje coloquial: "...A mí me da igual lo que tú hagas, ...no es mi problema", "Esto no hay quien lo arregle", o "No merece la pena calentarse la cabeza por estas cosa,s porque todo seguirá siempre igual".

Y claro que todo sigue igual. Sigue igual desde que los Reyes Católicos entraron en Granada, y sigue igual desde que Colón volvió encadenado de su cuarto viaje; porque de tanto repetir y repetir las mismas muletillas, éstas se terminan haciendo realidad. Pero dichas creencias no se adueñan de nuestras sociedades por un determinismo genético inexorable; se hacen realidad porque hemos permitido que se instalen en nuestro pensamiento colectivo, y las hemos alimentado desde hace siglos, como si el tiempo y la historia no nos hubieran enseñado aún hacia dónde nos lleva esa visión tan nefasta del mundo.

Algunas personas, cuando se las invita a cambiar algún comportamiento inadecuado de su vida, se niegan muy serias: "- ¡Es que yo soy así, oiga!". Lo que significa que en el pasado se han comportado siempre de esa guisa, que en el presente siguen igual, y, sobre todo, que en el futuro nada cambiará para ellas, ya que la profecía de la negación de su cambio seguirá vigente hasta el final de los tiempos. Y es que el pensamiento automático, los hábitos y las rutinas, nos ponen innumerables trampas de las que no somos conscientes.

Si comprendiéramos con la cabeza y el corazón, simultáneamente, que la realidad comunitaria es algo que construimos con nuestros sueños y nuestro trabajo coordinado, y que la mejora colectiva es posible, ¿por qué no podríamos ser capaces de planificar inteligentemente nuestro futuro común, diseñando organizaciones más eficientes, o lo que es lo mismo, trabajando en equipos inteligentes y bien coordinados?

En principio, bastaría con que sustituyéramos nuestras viejas cartas de navegación, que datan de la época de Juan de la Cosa, por otras más actualizadas. Si creemos en serio que es posible alcanzar un desarrollo personal y organizativo continuo, haciendo las cosas bien a la primera, el resto es fácil. Bastan unas tazas de café, algo de paciencia y admitir que nos equivocamos algunas veces. Lo peor de todo es persistir en nuestro error a sabiendas, no admitir sugerencias mejores que las nuestras, y negarnos a coordinarnos con los demás.

Autor: Carlos Samaniego Villasante
vbcarlos@recol.es / www.rr-hh.com

 

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