¿Coordinarnos?
¿Para qué?
¿Se
han parado a pensar alguna vez en cuántas noticias se publican
sobre desastres e incidentes de diversa naturaleza, cuya causa es
la falta de coordinación entre profesionales, departamentos
o instituciones? En la cultura empresarial latina, los individuos,
tradicionalmente, enfocan su puesto como les da la gana, porque lo
consideran suyo y hacen con él lo que quieren.
El
individualismo es, sin duda, uno de nuestros mayores quebraderos de
cabeza, por las funestas consecuencias que acarrea, pero la pasión
creadora, es, por el contrario, una de nuestras mejores bazas. En
efecto, contamos con un talento especial para intuir las cosas y para
apasionarnos sin mesura por los asuntos que verdaderamente nos interesan.
El resultado de esta explosiva combinación, desde la perspectiva
de los sistemas sociales, es el estancamiento organizativo, que se
perpetúa generación tras generación, sin apenas
cambios. Como la creatividad nace aleatoriamente en los individuos
aislados, sin coordinación con otros, es muy difícil
que los grupos de la organización puedan desarrollar y aplicar
la gran cantidad de innovaciones e ideas brillantes que surgen aisladamente,
ya que no se viven como algo común, al no haberse participado
en su génesis.
Es
un hecho sobradamente probado que la mayor parte del tiempo en nuestro
trabajo, actuamos de forma personalista y poco grupal, porque nos
falta algo. Pero lo peor es cuando nos pica la avispa de la envidia.
Entonces se nos mete en el cuerpo el veneno de la arrogancia torera
y decidimos hacer las cosas mal, simplemente para dar salida a nuestra
mala leche celtibérica. Hacemos la faena mirando a los del
tendido, tiramos a la arena los trastos con mucha dignidad, y rematamos
diciendo: "¡Ahí queda eso, y el que venga detrás
que arree!" Después pasamos a otra cosa.
Tanto
en los espacios públicos, como en el mobiliario urbano de nuestros
pueblos y ciudades, podemos observar este fenómeno a diario.
A los pocos meses de la inauguración de un flamante jardín
este aparece destrozado, o sin columpios ni juegos infantiles. Como
en las culturas hispanas lo común no es de nadie, cualquiera
puede mear impunemente en la primera esquina que encuentre, o destrozar
el banco de un parque sin que le pase nada, y sin que nadie le reproche
su comportamiento salvaje y antisocial. No ocurre lo mismo en nuestra
casa, ya que lo que consideramos propio lo cuidamos con exquisita
delicadeza. Pero como carecemos de mecanismos que nos hagan valorar
la utilidad de los bienes colectivos, no terminamos de aprender nunca
la importancia que tienen las realizaciones colectivas y los espacios
de uso común. En lugar de ello, cultivamos un individualismo
egoísta y miope, que en muchos casos es la antesala de la miseria
espiritual.
¿Por
qué en Suiza o en Alemania, por citar sólo dos países
cívicos, a nadie se le ocurre tirar papeles en la calle, con
la consiguiente limpieza de zonas públicas que esto conlleva?
Nosotros como no respetamos lo público, porque no lo consideramos
nuestro, no necesitamos coordinar nuestros esfuerzos de conservación,
limpieza y mantenimiento para que las calles estén bonitas,
porque no es asunto nuestro lo que pase con ellas.
Es
posible que, si alguna vez nos pusiéramos a trabajar en serio
en esta mejora colectiva, consiguiéramos ser los mejores, pero
hoy por hoy no somos más que un conjunto de sociedades a medio
integrar, en las que pululan a sus anchas sujetos individualistas
y asociales, completamente desentendidos de la realidad comunitaria
que les rodea.
Algo
similar sucede en las organizaciones laborales. Nos ocupamos de nuestra
nómina mensual, de nuestra actividad y de nuestra promoción
en relación con los compañeros. Y sólo, muy de
vez en cuando, echamos un ojo a otras cosas de nuestro alrededor.
Tenemos tan arraigadas estas formas de pensar, que las expresamos
de diversas maneras en el lenguaje coloquial: "...A mí
me da igual lo que tú hagas, ...no es mi problema", "Esto
no hay quien lo arregle", o "No merece la pena calentarse
la cabeza por estas cosa,s porque todo seguirá siempre igual".
Y
claro que todo sigue igual. Sigue igual desde que los Reyes Católicos
entraron en Granada, y sigue igual desde que Colón volvió
encadenado de su cuarto viaje; porque de tanto repetir y repetir las
mismas muletillas, éstas se terminan haciendo realidad. Pero
dichas creencias no se adueñan de nuestras sociedades por un
determinismo genético inexorable; se hacen realidad porque
hemos permitido que se instalen en nuestro pensamiento colectivo,
y las hemos alimentado desde hace siglos, como si el tiempo y la historia
no nos hubieran enseñado aún hacia dónde nos
lleva esa visión tan nefasta del mundo.
Algunas
personas, cuando se las invita a cambiar algún comportamiento
inadecuado de su vida, se niegan muy serias: "- ¡Es que
yo soy así, oiga!". Lo que significa que en el pasado
se han comportado siempre de esa guisa, que en el presente siguen
igual, y, sobre todo, que en el futuro nada cambiará para ellas,
ya que la profecía de la negación de su cambio seguirá
vigente hasta el final de los tiempos. Y es que el pensamiento automático,
los hábitos y las rutinas, nos ponen innumerables trampas de
las que no somos conscientes.
Si
comprendiéramos con la cabeza y el corazón, simultáneamente,
que la realidad comunitaria es algo que construimos con nuestros sueños
y nuestro trabajo coordinado, y que la mejora colectiva es posible,
¿por qué no podríamos ser capaces de planificar
inteligentemente nuestro futuro común, diseñando organizaciones
más eficientes, o lo que es lo mismo, trabajando en equipos
inteligentes y bien coordinados?
En
principio, bastaría con que sustituyéramos nuestras
viejas cartas de navegación, que datan de la época de
Juan de la Cosa, por otras más actualizadas. Si creemos en
serio que es posible alcanzar un desarrollo personal y organizativo
continuo, haciendo las cosas bien a la primera, el resto es fácil.
Bastan unas tazas de café, algo de paciencia y admitir que
nos equivocamos algunas veces. Lo peor de todo es persistir en nuestro
error a sabiendas, no admitir sugerencias mejores que las nuestras,
y negarnos a coordinarnos con los demás.