Quiero ser normal
Muchas
personas temen mostrar libremente sus mejores habilidades, ideas y
sugerencias en el trabajo, porque saben por propia experiencia que
al final siempre hay alguien que termina molestándose y se
desata la envidia y el conflicto contra nosotros. Para protegernos
de este fenómeno omnipresente en las organizaciones de nuestro
entorno cultural, hemos aprendido a "hacernos los tontos",
o lo que es lo mismo, a poner la cota de nuestras competencias profesionales
en el punto más bajo posible de la escala de nuestro potencial.
También
hemos aprendido a negar sistemáticamente nuestras imperfecciones,
procurando que no nos pillen en ningún fallo que se nos pueda
achacar directamente. De esta manera, no sobresalimos en nada (ni
en lo bueno ni en lo malo) y, por tanto, dejamos de ser un peligro
para otros. Cumplimos así el viejo sueño del perfecto
empleado gris, de ser uno más, pasar desapercibido, cobrar
la nómina a final de mes, y no meternos en líos. En
definitiva: ser "normales".
Pero
los resultados de este tipo de relaciones son siempre desastrosos
para la organización y para la sociedad, porque al tratar de
demostrar a los demás (y al final a nosotros mismos también)
que "no tenemos defectos" y que todo lo que hacemos es normal,
negamos lo mejor que hay dentro de nosotros. Matamos nuestra singularidad
como seres humanos, únicos e irrepetibles.
Las
empresas tradicionales buscan la conformidad de sus miembros con las
normas imperantes de funcionamiento, pero desde hace algún
tiempo, las organizaciones más avanzadas comienzan a pedirnos
también que seamos excelentes en nuestro trabajo. A veces se
quejan, no sin cierta razón, de que no aportamos suficientes
ideas y formas de hacer las cosas, según se nos pide y espera
de nosotros. Pero hay que decir, que tales pretensiones carecen de
justificación si previamente no modificamos el escenario y
la cultura organizativa donde nos desenvolvemos.
En
lugar de aspirar a vivir en ambientes laborales mediocres y conformistas
como hacemos habitualmente, deberíamos repensar las cosas de
otra forma, porque para conseguir altos rendimientos en el trabajo
es imprescindible aceptar nuestros defectos y limitaciones con naturalidad.
Tratar de ocultarlos, además de no servir para nada, puesto
que los compañeros nos perciben con facilidad, exige de nosotros
un enorme esfuerzos en negar una parte de nuestra vida, tan valiosa
como los aspectos positivos. Hemos de aceptar que en nuestras imperfecciones
actuales podemos encontrar una razón para superarnos y crecer
como personas. Sin embargo, donde resulta importantísimo concentrar
nuestros esfuerzos es en el cultivo de nuestras cualidades individuales,
perfeccionando incesantemente nuestras aptitudes, actitudes y personalidad,
que son precisamente nuestra mayor riqueza, y en las que podemos aportar
cosas únicas, creativas y originales a la organización.
En
este punto del discurso, muchos argumentarán que esto es muy
bonito pero irrealizable en el mundo actual, porque en el caso de
que pudiera aplicarse, crearía innumerables problemas al ir
cada individuo a su aire, volviéndose la empresa ingobernable.
Los que así piensan, se aferran a la tradición, y repiten
una y otra vez el mismo estribillo. Se niegan a experimentar nuevos
procesos, y solo conciben una única manera de hacer las cosas
(como siempre se han hecho, adaptándose a la moda del mercado,
confiando en la autoridad tradicional, etc.). Sin embargo, afirman
que les gustaría que las cosas funcionaran de otro modo mas
positivo, pero desgraciadamente es imposible. Con un pié aceleran
el motor, pero con el otro frenan los intentos de cambio planificado,
bloqueándose ellos mismos e impidiendo que sus colaboradores
avancen.
Si
es cierto que de los errores aprendemos mas que de los éxitos,
deberíamos trabajar mucho más sobre las disfunciones
que se nos presentan a diario en el trabajo, para perfeccionarlas
incesantemente. Pero en lugar de ello, las respuestas que damos cuando
se nos pregunta por nuestros principales problemas, son la negación
y la autodefensa. "Aquí no hay ningún problema"
se dice. "Nosotros somos normales". Mas adelante, cuando
esta primera reacción da paso a la confianza, las defensas
suelen diluirse y los problemas que hay que mejorar, empiezan a salir
a la superficie.
Cuando
se pregunta a un profesional por sus principales limitaciones técnicas
y humanas, con frecuencia termina hablándonos del tiempo atmosférico
y "tirando balones fuera", pero si en lugar de ello le preguntamos:
"¿Que es lo que te pone de mala leche en el trabajo?",
la conversación se llena de anécdotas divertidas. Otras
veces hablar sobre los mejores y los peores momentos vividos a lo
largo de la trayectoria laboral es interesante por la gran riqueza
de ideas que surgen, y la permanente dificultad de llevarlas a la
práctica por un sinfín de causas externas.
La
cordialidad, la empatía, la cortesía y el respeto social
son importantes. Pero en un mundo sobrecargado de tópicos,
la esencia de las relaciones humanas termina perdiéndose si
sólo atendemos al protocolo y las posturas externas. A veces,
la mejor comunicación surge de manera fresca y natural cuando
expresamos afecto negativo sobre las cosas que no andan bien, y las
compartimos con otros sin que ello se entienda como una conspiración
contra el sistema. Cuando descargamos de forma natural la rabia, la
ira y la indignación que sentimos de manera legítima,
nuestra disponibilidad para acometer acciones constructivas aumenta
significativamente.
Un
colectivo cada vez mayor de profesionales agradecen esta manera de
abordar la vida laboral. El presentar las cosas siempre bonitas y
adornadas, lleva a mentir sistemáticamente y a tergiversar
la realidad, reduciendo la credibilidad del mensaje que se lanza.
Por el contrario, un posicionamiento más realista y crítico
que sopese ventajas e inconvenientes, siempre se agradece más,
porque clarifica las cosas y porque a largo plazo genera confianza.
Urge,
por tanto, reestructurar las empresas, para que las personas que las
hacen existir puedan darse libre y constructivamente a los proyectos
en los que trabajan. Si lo mejor de una organización es su
capital humano ¿por qué hacemos las cosas al revés,
poniendo a las personas en ultimo lugar?, ¿Por qué no
mejoramos la comunicación interpersonal, si somos seres sociales
por naturaleza?, ¿Por qué no nos damos cuenta de que
si hoy sembramos sometimiento y obediencia, mañana cosecharemos
mediocridad y malestar? Por eso, muchas veces me pregunto ¿qué
pasaría si en lugar de ser normales, fuéramos únicos
y naturales?
Autor: Carlos Samaniego Villasante
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