Inteligencia
emocional y experiencia directiva
Hay quienes aprenden muy positivamente de la experiencia, y van perfeccionando
con ella su capacidad directiva y su eficacia. Y hay otros que, por
el contrario, incorporan a su personalidad ya su forma de actuación
convicciones y criterios netamente perjudiciales, con la circunstancia
agravante de que confieren a éstos el carácter de indiscutibles,
porque quedan persuadidos de que los han contrastado y revalidado en
las realidades vividas. Por consiguiente, estiman que su vigencia ha
sido refrendada por los hechos.
Cabría,
pues, preguntarse de una forma más concreta qué debe hacer
el director para que la experiencia sirva de soporte al perfeccionamiento
de la actitud gerencial. Y, también, qué guía debe
orientar, en lo referente a la experiencia, la evaluación que
debe realizar quién haya de seleccionar a uno, entre varios candidatos
a ocupar un cierto puesto directivo.
La
inteligencia emocional constituye un soporte fundamental de la eficacia
de la actuación gerencial y aporta guías del mayor interés
para que el ejercicio de la dirección colabore sucesivamente
en la mejora sucesiva y progresiva de la capacidad de liderazgo.
La
acción emocionalmente inteligente es trascendental por dos motivos:
primero, porque es la base de los comportamientos eficaces, y por lo
tanto, también de los resultados que se obtienen, y segundo,
porque ocasiona la repercusión indirecta o colateral, pero de
gran importancia, de afianzar positiva y constructivamente la experiencia
que va adquiriendo el gerente y, por ello, también la mejora
de su aptitud directiva de cara a sus actuaciones futuras.
Para
algunos la inteligencia emocional es la aptitud que permite proporcionar
inteligencia a las emociones. Sin embargo, esta idea puede inducir a
una concepción errónea y poco eficaz. No se trata de poner
la inteligencia al servicio de las emociones, que normalmente son pasajeras
y cambiantes, sino de integrarla constructiva y eficientemente con los
sentimientos, las actitudes y la personalidad del individuo.
Sobre
la base de la aceptación de este criterio, la inteligencia emocional
puede proporcionar un soporte muy interesante para considerar la experiencia
directiva en su función de factor trascendental del perfeccionamiento
de la capacidad directiva.
Autor: Ramón Arana
Fuente: Capital Humano nº 140