Desde la primera vez que se masturbó y creyó que iba a
morir necesitaba que le abrazaran cuando alcanzaba el clímax.
Siempre lo pedía: Abrázame. No todas las mujeres lo hacían.
Llevaba
todo el día imaginando el abrazo de Verónica. El tacto
y el olor de su piel, el sabor de su boca, la presión y el calor
de sus cuerpos uno sobre el otro, su melena rubia desparramada sobre
la almohada. Desde que despertó por la mañana todo había
sido preludio y deseo.
La
llamó varias veces para asegurarse de que no se había
olvidado; de que no perdiera el tren de las 14 horas.
Ya tenía mesa reservada en el restaurante. Después de
cenar, la llevaría a la playa y la besaría junto al mar.
Quería seducirla, y lo tenía todo tan pensado, que se
complacía en recordar una y otra vez con un punto de excitación,
lo que aún no había sucedido.
Pero
desde que escuchó la noticia del accidente del metro en Valencia,
la había llamado infinidad de veces sin obtener respuesta.
Llevaban
chateando varios meses; sin embargo, los únicos datos que tenía
de ella eran el número del móvil, y su nombre: Verónica.
Se reprochó no saber más. Si había muerto en ese
maldito accidente nadie se lo diría nunca. Marcó una vez
más el número, ya sin esperanza. Nada. Pero eran las siete
de la tarde y él estaba en la estación, esperándola.
¿Qué otra cosa podía hacer? De pie en el andén
aguardaba a no verla andar hacia él con paso firme y zapatos
de tacón, como en la foto que le había enviado. ¿Qué
iba a hacer ahora con esa fotografía? La imagen que reflejaba
se había trasladado bruscamente del porvenir al pasado.
Sentía
una humedad salada en la comisura del labio, y entonces la contempló
frente a él como surgiendo de la neblina
_
Te llamé muchas veces esta tarde_ le dijo.
_ Lo siento, perdí el móvil_
_ Creí que no vendrías. Creí que ya no vendrías
nunca_
Verónica no dijo nada. Solo le abrazó, y él hundió
su rostro en la melena rubia.
Nota
de capitalemocional:
Este
relato nos lo envía Rosario Moreno, de Valencia. Lo escribió
tras el accidente de metro de Valencia en julio de 2006. Es difícil
llevar esperanza en medio de tanto dolor, aunque con este relato Rosario
nos muestra un final que hubiésemos deseado, de corazón
para todas las personas en Valencia ese terrible día.